XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Solemnidad
Agosto 16 de 2020
En el plan de Dios (según la primera lectura de Isaías 56,1.6-7), en la obra de Jesús (según el Evangelio de Mateo 15,21-28) y en el apostolado de San Pablo (según la lectura de Romanos 11,13-15.15-19) se han abolido las radicales separaciones humanas, al punto que el mensaje de la Palabra bíblica proclamada este domingo podría llamarse universalidad de la salvación, hermanamiento universal, glorificación de todos los pueblos, bendición sin fronteras.
El pasaje del encuentro de Jesús con la mujer cananea, que comienza con la polémica por su no pertenencia al pueblo elegido y termina con la milagrosa sanación de su hija, marca el sentido de la palabra proclamada en este domingo.
Al final triunfó la fe. A partir de Jesús, y esto se ve por varios hechos y discursos, el mérito para la bendición residirá no en nacionalidades, castas o cargos, sino en la fe. Es la fe el natural y único camino para acceder a Jesús y a sus hechos de salvación. De parte de Dios está su amor fiel y firme, y de nuestra parte no hay otro recurso que el de la fe para ir al encuentro de las personas divinas y de sus gracias y bendiciones. La fe es lo único que Dios reclama de parte nuestra, lo demás él lo pone. Y es nuestra fe lo que en definitiva mueve y conmueve el corazón de Dios.
La fe mueve el corazón de Dios porque por el acto de fe ocurren varias cosas que regocijan a Dios: reconocimiento de Dios como tal; reconocimiento de la veracidad, bondad, firmeza y lealtad de su ser; confianza en sus designios; confianza en su amor. Todo esto conmueve a Dios porque todo esto es signo de un movimiento decidido de nuestro corazón hacia Él, hacia su mundo, hacia sus cosas. Y Dios exulta de alegría porque sabe que el alma que se eleva hacia la divinidad es alma que se sana, se libera y llega a plenitud.
En últimas, Dios se goza en nuestra fe porque por la fe el alma no sólo busca los favores divinos, sino que llega hasta el corazón mismo de Dios, como lo hizo esta cananea cuando reponiéndose de las negativas de Jesús pudo decirle “también los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. En esta frase Jesús ya no oyó una petición sino una confesión de fe; la manifestación de su fe en la última y definitiva bondad de Dios, pero también la manifestación de la firmeza del amor de esta mujer por su hija. Con razón se ha dicho que la fe va unida al amor y ambas suscitan la esperanza. El amor y la fe de esta madre le alcanzó para ir hasta las profundidades del amor divino y a mantener la esperanza de los favores de Dios y de la sanación de su endemoniada hija.
Ser cananeo significaba cargar con tres condiciones adversas para el favor de Dios: ser extranjero, tener una herencia de cultos idolátricos y pertenecer a una cultura familiarizada con la hechicería y las prácticas supersticiosas. Pero todas estas murallas fueron sobrepasadas por el amor, por el amor de Dios que en Jesús tenía toda la voluntad de causar bien y salvación a la humanidad y por el amor de aquella mujer por su hija que la lleva al acontecimiento de la fe en Jesús. En ambos casos el detonante es el amor y éste los lleva al paso de la fe por la esperanza en la actuación amorosa del otro. El que sabe del amor guarda la esperanza de los movimientos de amor en el corazón de los otros; el que ama no pierde la esperanza de las respuestas de amor y por eso confía. Por el amor la mujer cananea llegó a una fe inquebrantable y Jesús procedió a una intervención de sanación y liberación.
En el fondo todos hemos caído en la reprobación, dice San Pablo, para que todos también seamos destinatarios de la misericordia de Dios.
Solidarios en la reprobación, todos debemos ser solidarios en la misericordia. Estas dos realidades nos hermanan, nos vinculan, nos hacen viajeros de una misma barca, nos convierten en compañeros de viaje.
Frase para recordar: Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben
POEMA
Salmo 67
.
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
+ Ovidio Giraldo Velásquez (Obispo de Barrancabermeja)